El Cristo de San Damiano

+ Quiero contar aquí una vieja historia medieval. Un día Francisco entró en una pequeña Ermita dedicada a San Damián, recostada en una loma cerca de Asís. La hiedra trepaba hasta cubrir los muros laterales, en ellos se veían hendiduras que ponían en peligro el lugar.

En su interior había un sencillo altar de madera y, a modo de retablo, un Crucifijo bizantino. La imagen del Crucificado penetró en el alma de Francisco, que con los ojos elevados oró así:

¡Glorioso y gran Dios, mi Señor Jesucristo! Tú eres la luz del mundo, pon claridad, te suplico en los abismos oscuros de mi espíritu.
Dame tres regalos: la fe, firme como una espada; la esperanza, ancha como el mundo; el amor, profundo como el mar.
Además, mi querido Señor, te pido un favor más: que todas las mañanas al rayar el alba, amanezca como un sol ante mi vista tu santísima voluntad para que yo camine siempre a su luz. Y ten piedad de mí, Jesús.

+ De pronto, nadie podría decir cómo, se oyó una voz que al parecer procedía del Cristo: ‘¡Francisco, ¿no ves que mi casa amenaza ruina? Corre y trata de repararla!’.

Francisco observó la ermita por fuera, y se dio cuenta del mal estado de la construcción. Se acercó al anciano capellán y entregándole el dinero que tenía le pidió que comprara lámparas de aceite y que las encendiera en su nombre frente al Crucificado.

No bastaba. Según supo más tarde se trataba de ‘reparar’ la Iglesia romana, la religión y el papado de aquellos años, también la sociedad y sus gobiernos, que precisaban un cambio urgente y una reforma. Amenazaban ruina por el mal estado y la corrupción generalizada en que se encontraban aquellas viejas instituciones.

El joven Francisco de Asís (1182-1226) decidió contribuir él mismo al cambio con su renuncia a todo, su amor a la verdad, su opción por la pobreza y su dedicación a los más pobres.

* Imagen: Crucifijo de San Damiano. Ver más sobre este icono en franciscanos.org

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3 respuestas a El Cristo de San Damiano

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